1.5.19

Análisis sobre lugares ideales y climas perfectos, en una tarde de lluvia

Qué clima loco.

Tuve una plática corta sobre lugares donde me gustaría vivir por el clima. Y oh, qué revelaciones tuve al pensar en Francia, o al recordar Tulum tan mágico. Vayamos a terapia.

Pasé desde la infancia hasta hace unos años de esta vida adulta, pensando y deseando vivir en un bosque, amaba el clima frío, me gustaba la ropa de invierno (mi mamá es mega fan) y creo que aprendí a ocultarme un poco entre toda esa ropa. Mi ideal era un cliché que veía en películas, con fogata, sillones cómodos y grandes, un escritorio con una pared llena de adornos, una biblioteca con un sillón reclinable, el olor a café, el humo del té, cobijas enormes y suaves, un lago congelado afuera y el sonido del viento. Yo quería estar en un lugar así para inspirarme, escribir y sentirme cómoda, huyendo del mundo entero que, dicen, tanto daño hace. Ahora comprendo un poco el significado de esas ideas o sueños con una casa así, pero en ese momento lo único que quería era estar segura y calientita entre mis libros y mis letras. Creo que me faltó imaginar la parte amorosa, nunca pensé o me imaginé en un lugar así acompañada, no sé por qué, tal vez era muy chica.

Pasó el tiempo y fui quitándome los suéter de encima. Tenía más confianza con mi cuerpo y aunque aún me cuesta mostrar mis brazos, aprendí a quererlos. Crecí con una frase de mi mamá respecto a los climas, "el frío puedo quitarlo, pero el calor ni con aire se quita fácil". Y sí, odiaba que hiciera calor, odiaba el sol tan fuerte que me hacía sudar y ponerme roja. Después lo toleré un poco, pero seguía prefiriendo mi casa en un bosque. Obviamente de playa, sol y arena ni hablar, era un suplicio. Las vacaciones familiares en la playa eran divertidas, pero sufría, porque significaba sudar y sudar, que la ropa se pegara, usar bloqueador blanco y claro, significaba que no podía usar mi suéter o algo que me cubriera. 

Un día fui a la playa en pareja y me gustó la sensación y ver esa seguridad en mi acompañante, al final, él vivía ahi y le encantaba el mar. Pasé muchas tardes viendo el atardecer con el viento suave y con la arena pegada a mis piernas, pero no me gustaba verme en un espejo porque mi cara parecía un sol brillante y rojo. Aprendí a soportarlo, pero seguía prefiriendo mi casa fría, mis letras, mi té. 

Pasaron varios años, vacaciones en la playa y en pueblos calurosos, para que pudiera acostumbrarme un poquito al sol o al menos no odiarlo, pero no fue hasta que estuve sola y por varios meses en el caribe que lo amé. ¿Cómo podía ser eso? No odiaba mi cuerpo ni me avergonzaba, si mi cara era un foco, no tenía opción, no me preocupaba y prefería hacer plancha en el mar. Buscaba lugares frescos a las horas más altas, iba descalza y en poca ropa por la vida. Mi piel dejó de ser roja y comenzó a ser de color tostado, un café que jamás en la vida pensé tener, mi piel brillaba de lo morena que era, me bañaba tres veces al día, despertaba súper temprano, escribía sin parar, esperaba el atardecer en la playa, el sonido de las aves me tranquilizaban y de pronto, un día, amé vivir en la playa y me imaginé con una casa que viera al mar, una hamaca con un ventilador, palmeras verdes y flores rojas, una biblioteca blanca y un escritorio grande para escribir en las noches con el sonido de las olas y el viento. Amé profundamente al sol, me gustaba sentir el calor en mi piel y ya no usaba bloqueadores blancos, sino que descubrí bloqueadores para mi piel. Mostrar las piernas o los brazos o el abdomen en la calle ya no era un problema, todos estábamos igual y buscábamos la comodidad. La piel desnuda no era objeto de deseo y los tacones altos no eran necesarios, realmente nunca son necesarios. 

Cuando volví a la ciudad, el clima era frío y me emocioné porque iba a poder escribir mucho, así que todas las noches tenía mi té, mi gato y ropa súper calientita. El problema fue que me di cuenta que dormía más, ya no despertaba temprano y no tenía ganas de salir. A veces el sol regresaba y me ponía feliz y salía como una lagartija. Mi piel dejó de ser morena y comenzó a ser pálida de nuevo. Me enfermé varias veces de gripe, me lastimé la rodilla, estaba triste porque extrañaba el mar, estaba feliz porque estaba en casa. Cantaba esa canción que hablaba de una casita en el mar como un deseo y ahí me di cuenta que había cambiado, justo a los treinta venía a cambiar de opinión completamente, qué locura. 

Han pasado dos años desde que cambié de opinión radicalmente y en este tiempo pude ver claramente las fallas de cada uno. Necesito del sol para sentirme más feliz y necesito del frío y la lluvia para sentirme acompañada. ¿Es raro? Lo sé. Es raro. Me di cuenta que necesito de la vitamina D para sentirme bien y ser más activa, y también necesito de la calma del frío para disfrutar de los pequeños detalles y para hacer una pausa. Así he aprendido, así soy hasta ahora. Me gustaría pasar el invierno en una playa y el verano en un lugar frío. Si pudiera, viviría en un lugar templado con mar, con un poco de viento frío, con atardeceres increíbles y con días de sol que calienta la piel. Me sentiría libre y acompañada. 

Precisamente esta ultima frase es la que resume todo, cuando era chica prefería el frío y cubrirme porque era una forma de sentirme en compañía, después experimenté la sensación de libertad con el sol y el mar. Hoy prefiero un equilibrio, y aprendí que la ciudad se acerca un poco a eso con su clima tan impredecible, aprendí que aquí la primavera y el otoño son perfectos para mí y sí, podría hacer una lista del lugar perfecto, pero prefiero agradecer y disfrutar en el que vivo ahora. 

Asociar los estados de ánimo, la edad y los intereses con el clima no es de locos, aún cuando tenemos la habilidad de adaptarnos a prácticamente cualquier parte del mundo, en cada lugar vamos adoptando una personalidad con la que sobrevivimos, y tomamos partes de cada una de ellas que nos gusten. Esto no quiere decir que todos necesitan de un clima templado para vivir perfectamente, o de una cabaña en medio de manglares o de un departamento en la ciudad. ¿Te das cuenta de lo afortunados que somos? Porque aún cuando es en el imaginario, podemos elegir el lugar en el que queremos vivir. Qué privilegio y qué bendición. 




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