20.3.17

Mi primera tormenta en la isla Holbox


Siempre había escuchado de las tormentas tropicales, de ciclones y huracanes. Muchos de ellos devastadores o con consecuencias fatales. Nunca había tenido miedo real de algo así. Cuando llegué a la isla ni siquiera pensé en eso, pero todo sucede por alguna razón y a una semana de llegar a Holbox, viví mi primera tormenta en el caribe mexicano. 

Durante el día estuve dando un paseo por la isla, aparté esa tarde para tomar fotos de las calles y documentar un poco el cambio que estaba viendo. El calor fue tan fuerte que tuve que posponerlo a la mitad. En el camino encontré a tres chicas que estaban hospedándose en el hostal donde yo estaba colaborando, me invitaron a comer y acepté, también aproveché la invitación para refugiarme del sol un momento. Las conversaciones con fusiones de alemán, inglés y español en ese momento eran nuevas para mí, y aún ahora que estoy acostumbrada a las distintas pronunciaciones me parecen muy divertidas. Dos de ellas eran de Alemania y se conocieron en el hostal, la otra chica era de Inglaterra. Así que, todas estábamos viajando solas, pero siempre lo he dicho, nunca se viaja solo realmente, y ahí estábamos las cuatro reunidas, comiendo sopes y quesadillas. 

Las acompañé al hostel y me refresqué un poco en la habitación. Por raro que parecía, el cielo parecía muy nuboso y no fui al mar de nuevo. Ya que regularmente iba por las mañanas y en las tardes. Lo que nunca dejé de hacer fue salir para ver el atardecer. Me desperté de la siesta y salí al pequeño muelle. Al caminar hacia allá me di cuenta que no habían rayos de sol, las nubes impedían que se reflejara la luz y parecía de noche. No perdí la fe y me senté como siempre a esperar. Las nubes estaban amenazando cada vez más y las personas a mi alrededor se levantaban y se iban decepcionadas. Me mantuve ahí, al final no tenía nada que hacer hasta las 10pm cuando cerraba el comedor del hostal. Después de un rato, el sol se asomó entre esas nubes de tormenta, justo antes de ocultarse en el mar. Sabía que pocas personas habían visto ese pequeño hueco, me gustó ser paciente ese día. El viento comenzaba a sentirse frío, a pesar del calor de la tarde. Las aves estaban jugando y pescando, pasaban una y otra frente a mí, pero muy veloces. Las seguía con la cámara, pero no podía atraparlas, hasta que de pronto lo hice, capturé su danza antes de la tormenta. 


Me quedé ahí un rato más y se acercó un chico a platicar conmigo, un joven argentino artesano, había atravesado toda latinoamérica sólo vendiendo sus piezas de joyería y tuve tanta envidia. Hablamos sobre la vida, la isla, las personas y después de un rato él se levantó y saludó a una persona en la playa. Aproveché la noche en el muelle para practicar las fotos que odio un poco, para exposiciones largas es necesario un trípode, uno que no tenía. Mientras experimentaba, se acercaron dos chicos, eran novios o al menos eso parecía. Caminaron hasta el final del muelle y se asomaron al agua. Me pareció como una escena de película; el azul intenso que dejaba la tarde y la oscuridad del mar me hipnotizaron, quería que todos vieran lo que yo veía, quería ponerle letras o música a la escena, quería recitarles un poema, quería que durara más tiempo, pero no pude hacer nada de eso y sólo tomé una foto.


Todas las noches, antes de dormir, escribía en mi diario. Algunas chicas salían al bar de la playa, otras como yo, dormíamos temprano. A las 3am aproximadamente el viento abrió nuestras ventanas y en ese instante la luz se fue. Todas despertamos y nos miramos con un poco de susto, cerramos bien las ventanas y las puertas, y volvimos a nuestras camas. No dijimos mucho, pero seguro todas escuchábamos ese silbido del aire y el azote de las palmas contra otras. Fueron varias horas así y amaneció sin que se viera el sol como todos los días. 

Desperté a las 8am para desayunar y en el patio estaban todas las palmas y hojas tiradas, había charcos y tuve que ponerme una chamarra, porque no llevaba suéteres ligeros. Cuando salí del hostal, me encontré con las calles inundadas y con un camión que sacaba el agua. Nunca había visto a la isla después de una tormenta y estaba sorprendida con su fragilidad. Seguí caminando una calle más y di vuelta en una como todos los días para ir al mar, pero mi sorpresa fue mayor porque el mar cubría la playa y las palmas cubrían parte del camino. Tuve que dar vuelta por otro lado y después caminar en el agua. El viento era tan fuerte que no podía caminar sin tambalearme, ahí recordé las bromas sobre mi delgadez que siempre me hacen mis amigos, ahora sí necesitaba un ancla o al menos un lazo del que poder sostenerme. Cuando llegué al muelle el viento estaba tranquilizándose, hicimos una tregua en realidad. 

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Llevaba la cámara, es sólo que con la ligera llovizna me daba un poco de miedo sacarla, pero cuando vi el muelle con olas increíbles no pude resistirme. Comencé a tomar fotos y la tregua con el viento era más una amistad que una negociación, porque el sol comenzó a salir, los niños comenzaron a saltar las olas sobre el muelle, corrían y se hacían los valientes soportando la fuerza del agua. Agradecía una y otra vez a la tormenta de la noche anterior, sonreía como tonta mientras miraba por el visor y de pronto, me giré y estaba un arcoíris. Algunas personas comenzaron a salir, el sol estaba brillante y los niños seguían jugando. Me sentí inmensamente afortunada por estar en ese lugar, por sonreír con los niños como si fuera su cómplice de travesuras y también por disfrutar en carne propia la frase cliché: "Después de la tormenta llega la calma". ¿Cómo negar que todo sucede por una razón? ¿Cómo no agradecer los días grises? ¿Cómo no amar las tormentas?

Les comparto una serie de fotografías que espero pueda transportarlos un poco a ese momento que viví.