Mongolia
Posted: 17/08/2007
Día 1 (Madrid-Moscú-Ulan Bator)
Salimos con retraso, a las 13:30. Desmontamos las bicis en el aeropuerto, y las embalamos, no sin problemas con el plástico “ecológico” que dispensan la decena de máquinas que hay en la T4. En la cola de facturación conocemos a dos chicas kazajas, de Kazajistan quiero decir, con la excusa de un bolígrafo y un trozo de celo para pegar una nota en las maletas, por si estas se perdiesen. Son cinco horas de vuelo, allí tenemos sólo una hora para coger otro avión a Ulan Bator, aunque salimos con retraso llegamos a tiempo. Mientras las kazajas en el avión se preparan para el desembarco, por si el “Priviat” (edición rusa del Hola) las está esperando a pie de pista: se dan maquillaje, sombra de ojos y se repasan con perfilador los labios, de la boca. Deben pertenecer a la élite de su país, no le hacen gracia mis bromas sobre la clase política kazaja. En todo caso se interesan por nosotros y tantean el asunto para ver si somos buen partido o no; muestran bastante interés en nuestros trabajos y mas aún en el puesto que desempeñamos dentro de la empresa. Una de ellas está leyendo un libro de auto ayuda, edición de bolsillo con pinta de haber sido comprado en el Alcampo de Astana, con las tapas en rosa y una señora subía tintada, con el pelo rizado y una bola de cristal en la mano, el título es algo así como “tus sueños pueden realizarse” (la frustración no entiende de culturas ni latitudes). Yo les cuento que me estoy leyendo uno sobre Gingigs Khan, el famoso conquistador, etc, etc,. Al principio no saben quién es, pero es por el matiz de la pronunciación. Lo mejor, una de ellas, la morena, es familia de Gingis Khan, el abuelo de su abuelo de su abuelo de su abuelo, y algunos mas, era Gingis Khan, impresionante. Tanta sangre derramada para esto. Le pido que me firme el libro, pero le da vergüenza. Desembarcamos, nos hacemos fotos para recordar siempre este encuentro y nos ponemos a esperar nuestro vuelo, ya tenemos la tarjeta de embarque. A las 18:30 sale nuestro Tupolev camino de Ulan Bator, seis horas de vuelo en el sentido de giro de la tierra que nos descolocarán el sueño y el hambre durante una semana. Media hora antes de llegar, la tripulación nos despierta(al que haya conseguido pegar hojo) encendiendo las luces y tirándonos un bollo a la cara, nos dan café. El cielo está rojizo y ya hay claridad. A penas hemos podido dormir, a las 6:30 hora local, 23:30 en España, llegamos a Ulan Bator, nos han robado la noche.

Precioso Ulan Bator
Dia 2 (Ulan Bator-Ulan Bator)
El equipaje aparece, menos mal; no tenemos el cuerpo para tener una pelotera medio ruso medio inglés con el personal de Aeroflot. Nos asaltan los taxistas eventuales, Enrique pregunta cuánto nos piden por llevarnos a TserTseleg, nos dicen que 300$. Nos cuesta convencerlos de que no nos interesa. Al final, entre las decenas de curiosos que no paran de tocarlo todo, logramos montar las bicicletas y salimos camino del centro a buscar los mapas topográficos. Nos cuesta horrores pedalear,pero si dejamos de hacerlo nos dormimos. Lo que vamos viendo no nos gusta en absoluto, una nube de mierda cubre la ciudad, el horizonte son chimeneas humeantes que vomitan humo de todos los colores. Hay un olor profundo a gasolina mal quemada en toda la ciudad. A la gasolina la llaman benzina, es de 80 octanos con el mismo precio que en España, todos los coches echan humo blanco por el tubo de escape y nos pasan muy ceñidos a gran velocidad, pitando con todo tipo de melodías, unos por saludar, otros por dar por culo; dando ganas de tirarles una granada por la ventanilla dentro del coche. Compramos los mapas y buscamos el hotel Marco Polo, que nadie sabe donde está. Nos quedamos por 55$ la noche, nada barato, en Benidorm y en la misma época se encuentran por 30$. Echamos una siesta pero sin abusar, que luego habrá que dormir. Vamos al centro, buscamos un sitio para comer, el que esté menos sucio. Pedimos pollo a la brasa y ternera frita, confiando en que no nos han dado ternera por mutón. La cerveza, marca Mongol, es excelente. A las ocho nos vamos a dormir reventados, con la sensación de estar profundamente borrachos nos sumergimos en un sueño muy pesado. Como luego será norma, a las doce nos despertamos perfectamente lúcidos, sin sueño. Estamos en una vigilia desesperante hasta las dos o las tres, nos dormimos por aburrimiento.
Día 3 (Ulan Bator-TserTseleg)
Hoy tenemos un Jeep que habíamos contratado el día anterior, por 300$, hacia TserTseleg, lugar en el que debemos empezar el trayecto en bici. Ducha, desayuno, carretera y polvo. El conductor es simpático, buena gente; mejor, pues serían 6 hora de coche dando saltos, sudando y tragando polvo. La carretera es asfaltada a ratos, a ratos cortos, efímeros. De repente vas por asfalto y hay una barricada hecha con tierra y piedras, volantazo y por en medio del campo, levantando polvo y tragando el del coche de delante. El conductor está totalmente acostumbrado. Paramos unas cuantas veces a comprar agua y estirar las piernas, pasamos por Karakorum, o lo que queda de ella, un pequeño templo en medio de la nada. A las seis y pico llegamos a TserTseleg, la suiza mongola; los cojones. Hemos visto el camino desde Ulan Bator y cómo estaban los ríos que venían en el mapa y que debían suministrarnos agua. Eran unas veces cauces secos y otras lodazalaes donde retozaba el ganado. Tenía pinta de ser igual hasta Moron, así que decidimos que pasando, nada de bici, otro Jeep y para Moron. Nuestro conductor nos ayuda a buscar un transporte para el día siguiente, nadie habla inglés ni ruso. Al final, entre gritos y discusiones aparece uno con una furgoneta rusa destartalada que se ofrece por 170$, y que nos lleva cuando queramos, o esa misma noche o mañana. Decidimos que mejor mañana, otras 8 horas de traqueteo no nos apetecen en absoluto. Nos llevan a un “ger camp” a pasar la noche, un camping con tiendas tradicionales mongolas; muy cómodo,doce euros los dos. La ducha de agua caliente es una bendición, el agua cae marrón; llevamos polvo por todas partes. Echamos una cerveza en el bar y nos ponemos a cocinar la cena en nuestro nuevo, flamante y caro hornillo multifuel. Ni de coña, la benzina no arde como esperamos, una llama amarilla incesante y a ratos explosiva deja el cazo completamente negro y el agua llena de residuos. Igual hubiera sido más fácil sin el revoloteo de una familia mongola de la tienda de al lado, en todo momento preguntando(sin preocuparse de que no entendiéramos el mongol) qué hacíamos y que era esto y que era lo otro. Como ven que la cosa no ardía bien, nos sacan en un trozo de cartón media cabra guisada con patatas y zanahoria, y un tazón con el caldo del guiso. La cabra estaba más tiesa que las arcas del ayuntamiento de Marbella, pero el caldo era excelente y reconfortante; llevaba algunos pelos, pero como en el amor, la guerra y el hambre todo vale, yo les pedí repetir. Con sonrisas y chapurreando el ruso les damos las gracias, les preguntamos cómo se llaman, etc. Se me ocurre sacar la cámara de fotos para inmortalizar el hermanamiento hispano-mongol y en buena hora..., se monta un revuelo monumental, todos quieren posar y luego verse en la pantalla de la cámara. Sacan al abuelo de la tienda, lo plantan en la puerta y todos forman a modo de equipo de fútbol, quieren fotos. Acto seguido nos dan su correo electrónico para que les pasemos las fotos, pero algo falla, nos escriben extrañas retailas de letras, sin arrobas, de pronto alguno llega y añade otra cosa, sonreímos y asentimos. Nos enganchan del brazo y nos meten dentro de la tienda; el abuelo nos pide que nos sentemos a su derecha. Con una veintena de personas mas celebramos algo, no sabemos qué, si una boda, un cumpleaños o una comunión. El vodka corre a ríos, nos colocan a cada uno un vaso de los que en España, bendito país, se usan para agua, lleno de vodka. Nos dicen que para adentro, por no hacer el feo y por no sembrar la duda de la hombría española intentamos beber. Pero nada, no hay huevos, nos mojamos los labios y nos disculpamos con la excusa de que mañana tendremos la cabeza caput. Seguimos con hambre. Qué bien, nos sacan una bandeja con dulces. Dulces parecen pero dulces no son. Son trozos de un queso incomible, yo me echo uno la boca y cojo otro no vaya a ser que se acaben. Cuando me doy cuenta de lo que he hecho salgo de la tienda diciendo que se esperen que vuelvo enseguida con una cosa. Escupo el queso y cojo el diccionario de ruso, bendita excusa. Enrique no tiene excusa y se tiene que tragar el tema; luego se mete medio vaso de vodka para desinfectar; con seguridad que lo hará. Pasamos unas dos horas hablando de la vida, gracias al ruso que sabe el abuelo, porque los otros no sabían ni cómo se llamaban, máxime después de la jumera que llevaban encima. Nos siguen sacando licores extraños, uno lo identificamos como un destilado de leche de algún animal, tenía un profundo olor a leche agria, tampoco fuimos capaces de darle un trago. El abuelo le pegaba a todo. Seguimos con las fotos, lo pasamos muy bien. Como siempre que se juntan personas normales da igual el idioma, la raza o la cultura. Nos reímos de la vida y pasamos el rato. El abuelo tenía sólo 60 años, nos quería arreglar con una de las hijas, salimos por la tangente y la perpendicular diciendo que ya estábamos casados. Cada hijo, nieto, etc debía homenajear al abuelo cantando una canción tradicional. Todas las canciones parecían iguales, pero sin excepción todos eran magníficos baladistas; la única excepción fue cuando nos toco cantar a nosotros, me descolgué con el poron pompero, hasta conseguí que hicieran coros. Nos despedimos dando las gracias en todos los idiomas de la zona y fuimos a dormir a nuestra tienda. Un francés cabrón de la tienda de al lado les jodió la celebración, no se cortó en entrar y decirles, en francés, que ya se había terminado el burdel que tenían montado, quejándose mas tarde a los dueños del campamento. Nosotros, gracias al tupolev lag, nuevamente a las dos de la mañana despiertos y hasta las cuatro o cinco sin dormir. A las seis arriba porque a las siete teníamos el transporte a Moron.

Karakorum
Día 4 (Tsertseleg-Moron)
Puntual a las siete aparece nuestro transporte. El conductor se trae a su señora al viaje, asentimos y sonreímos. Echamos las bicis en la furgoneta, nosotros nos acomodamos en dos sillas desechas sobre las que han colocado dos alfombras polvorientas. Estamos de viaje, así que para adentro y Dios proveerá. Pasamos por gasolina, la furgoneta tiene dos depósitos que llenamos hasta los topes, y por si acaso también dos latas que guardan dentro de la furgoneta. La evaporación de la gasolina es impresionante, y los vapores dentro del vehículo nos obligan a sacar la cabeza por la ventanilla y cubrirnos la nariz con trapos mojados, ellos parecen no enterarse de nada, al cabo de una hora y cuando ya se ha consumido parte del depósito les decimos que stop stop stop. Les hacemos entender que el olor de la bencina nos va a matar, el conductor lo comprende y vacía las latas en el depósito. Mejoramos considerablemente, las nauseas y la borrachera desaparecen. Nos pasa de todo, la furgoneta se calienta en las subidas y hay que parar, se cala, pinchamos una rueda y hasta nos perdemos, gracias al gps conseguimos llegar a Moron. Unos veinte kilómetros antes nos cae una tromba de agua que entra por todos sitios, las ventanillas no se pueden cerrar y por el techo de la furgoneta se filtra el agua, entre las costuras del acolchado. Ocho horas en unas condiciones durísimas de calor y polvo. No hemos comido nada desde el desayuno. Les pagamos y todos felices. Nos alojamos en el hotel Dul, unos 20$ los dos, prefecto. Le insisto a la señora de la recepción en que si hay ducha, me dice que “inside” no, pero “outside” sí, pues perfecto, subimos las cosas a la habitación y le pregunto que dónde queda la ducha, si al final del pasillo, a la mitad o junto a la capilla. Pues no, que no hay ducha en todo el hotel; era un problema de concepto. El “outside” era “outside” del hotel, no “outside” de la habitación, había que ir a una casa de baños a ducharse, a 1km. Me cabreé bastante, en ingles, en ruso y finalmente en español. Visto el cabreo la señora nos acompañó a un guest house que había junto al hotel a ducharnos, por 60 céntimos cada uno nos duchamos, nuevamente el agua marrón, gloria bendita. Nos damos un homenaje en el restaurante del hotel por cuatro duros y a dormir. Y la misma canción de todas las noches, a las dos despiertos y hasta las cuatro de imaginarias.

Nuestra familia mongola

Tartana rusa
Día 5 (Moron-Hatgal)
Por fin hoy cogemos la bici, pensamos. Mientras pagamos el hotel y preparamos las monturas, anda por ahí el embajador de Estados Unidos, de Norte América, y su séquito de americanos y locales. Se nos ocurre preguntarles si conocen el estado de la frontera con Rusia, ya que el consulado de Mongolia en España dice que no tiene información sobre sus fronteras y el consulado de Rusia en España dice que todas todas todas están abiertas y esperándonos. Pues eso, como no nos fiamos, preguntamos ya en la zona; antes de hacernos cuatro días en bici para luego nada. Pues nos dicen que no, que está cerrada al turismo. Otros que sólo para mongoles y rusos y que ni nos acerquemos por allí, que las lindes no están claras y los rusos se pasean por la zona con escopetas. Ya no sabemos a quien creer; pero nadie da noticias buenas. Al final, una señora del cuerpo diplomático, con cara de servir ferreros roché, hace una llamada a alto nivel; menos mal, por fin sabremos a qué atenernos. El resultado es que sí, que la frontera está abierta, pero de lunes a viernes(llegaríamos allí un sábado,malo) y que hay que untar a los rusos con 100$ por barba, y barba llevábamos los dos. Otro americano nos insiste en la peligrosidad de la zona. Lo pensamos durante una hora y decidimos no ir, tendríamos que esperar un día y alejados de la frontera, con lo que ya perdemos demasiado tiempo, llegando demasiado pegados a Irkutks, y en el caso de que no nos dejasen pasar nos tendríamos un problema bastante gordo, pues no podríamos regresar a Ulan Bator con tiempo suficiente de coger el avión. Igual luego no habría sido nada, pero eso nunca lo sabremos. Decidimos que pasaremos tres días en Hatgal, en el lago, haciendo recorridos por la zona en bicicleta; pero antes tenemos que comprar un vuelo para regresar a Ulan Bator a la vuelta del lago. Vamos al aeropuerto a comprar los billetes, una media hora de pedaleo, al llegar que no, que no se puede pagar con tarjeta, así que vuelta de nuevo a Moron a cambiar dinero, 130$ por cabeza. En el camino de vuelta vemos a un motorista parado en el arcén que nos da el alto, un borracho pensamos, sí, borracho pero también policía. Nos enseña la placa y la inscripción “police” que lleva en la chaqueta de cuero negro. La motocicleta tiene pinta de ir a recoger melocotones en lugar de servir para patrullar, pero la placa es incuestionable. Le pide el pasaporte solo a Enrique, mientras mira las bicicletas se le cae el caso al suelo y rueda por el arcén hasta un pequeño cauce. Mira el pasaporte y señalando la fecha de expiración del visado nos dice que para esa fecha “go go go go”, le decimos que sí, que no se preocupe, que no tenemos intención de quedarnos. Una vez hecha la tontería del pasaporte muestra interés en los cuenta kilómetros digitales de las bicicletas, como todos los locales. Nos dice de nuevo que “go”, que nos podemos ir, le damos las gracias sin saber por qué. Pero no, nos vuelve a decir que stop, nos volvemos a bajar de las bicicletas cagándonos en la puta que lo parió, en español. Vuelve a decir que stop, que nos esperemos que va a hacer algo. Nos regala un llavero de piel recuerdo del desierto del Gobi, le damos las gracias y nos mira esperando algo a cambio; en la mente tiene la idea del cuenta kilómetros de la bici. Yo le ofrezco la brújula del reloj, que si el norte que si el sur, toma, te la regalo; pero no le gusta. Pasan unos instantes tensos y por fin nos deja ir. Ya felices seguimos pedaleando hacia el pueblo para cambiar dinero, pero no. Nos adelanta en la moto y nos da el alto, esta vez no pierde el tiempo y directamente nos pide que le demos el cuenta kilómetros de la bici para ponérselo a su moto. Le explicamos que no, mira hombre no ves que esto para la moto no vale, no lo puedes sujetar a la rueda y esto es sólo para bicicletas. No parece convencerle el asunto, yo vuelvo a sacar otra brújula, esta bastante mas grande que la del reloj, de plástico barato, pero que marca el norte, como todas las brújulas. Le vuelvo a explicar, sonriente, el funcionamiento. Por fin la coge y la examina, le decimos que nos tenemos que ir, que el avión, que esto que lo otro. Esta vez es la buena, estamos libres. En el banco no aceptan euros para cambiar, ni el billete de 100$ que llevábamos, ya que es de 1998 y puede ser falso(nos lo dio otro banco en Ulan Bator). Con la Master Card de Enrique no se puede sacar dinero, así que entro yo y pruebo con la Visa a ver si les gusta. Les gusta, nos dan la pasta y volvemos al aeropuerto a comprar el billete. Ya son las doce y ni de coña nos vamos a hacer 100km hasta Hatgal, así que buscamos de nuevo un Jeep que nos lleve. Encontramos a uno en el aeropuerto que lo hace, nos lleva por unos 40 euros, estupendo. Nos montamos, se trae a la hermana pequeña y pasamos antes a ver a su padre, comprar agua, arreglar una rueda pinchada y cambiar dinero, nos cuenta que es profesor de matemáticas en Ulan Bator. Por fin y de una puñetera vez salimos hacia Hatgal. El viaje dura unas dos horas y media dando botes, el Jeep tiene mal la dirección y cuando pasa de 50 cogemos complejo de cubito dentro de una cocktelera, máxime con los baches, en varias ocasiones saltamos del asiento golpeándonos la cabeza con el techo. A la llegada le damos las gracias al conductor, la mano y tal. Pero no se va, falta algo. Ya le hemos pagado, pero quiere mas. Nos cuenta que la gasolina no estaba incluida, y que son 35 euros mas. Discutimos que eso nos lo tenía que haber dicho antes, asegura que nos lo dijo, mentira cochina. Así que tenemos dos opciones, o acabar a hostias con él o pagarle. Y claro, después del día que llevamos decidimos no tentar a la suerte, le pagamos, nos hemos quedado con su cara, como lo veamos por España se la partimos. Empieza a llover, tenemos que montar las bicicletas y de nuevo una nube de curiosos nos rodea, nuevamente les fascina el cuenta kilómetros de la bici, todos quieren tocar los frenos. Sin perder los nervios y apartándolos educadamente conseguimos terminar y salimos escopetados a buscar un alojamiento antes de que el cielo reviente completamente y nos caiga encima lo que no está escrito. Encontramos a 5km un ger camp por 12 euros, muy simpáticos los anfitriones decidimos quedarnos, está junto al agua. Nos vamos a cenar al Garaje 24, un gest house que según la guía tiene muy buena cocina, y la tiene. Cenamos, como no habíamos hecho en muchos días, como Dios manda, unas empanadillas de carne fritas con ensalada y medio litro de cerveza cada uno; ya es tarde y estamos cansados, nos vamos al ger camp, ducha y a dormir. Nuevamente despiertos a las 2.

El Garaje 24
Día 6 (Hatgal-Hatgal)
Nos levantamos, y decidimos cambiar de alojamiento, nos vamos al Garaje 24, pagamos la cuenta en el ger camp, preparamos las monturas y salimos. Llegamos al Garaje 24, dejamos las cosas y nos metemos un desayuno sensacional: huevos, salchichas, bacon, pan tostado y café con leche. Para quemar el desayuno nos hacemos unos 60km en bici por la margen izquierda del lago, el paisaje no tiene nada que ver con lo visto antes: prados verdes, árboles, vegetación. Paramos a la sombra junto al agua, comemos unos frutos secos y un par de barritas de muesli. Damos la vuelta y para las seis estamos de nuevo en el Garaje 24, ducha y cena, como Dios. Allí conocemos a varios americanos pertenecientes a un grupo organizado para hacer senderismo por la zona. También hay alguno suelto, como Pitt, americano también pero que vive en Filipinas, él también va en bici, quedamos para el día siguiente en ir los tres juntos a dar una vuelta por la parte derecha del lago. Desconfiamos de él, en cuando a su forma física, pero es de rigor decir que nos equivocamos, estaba hecho un toro y en algunos momentos nos llevó con la lengua fuera. Pero la anécdota fue la historia que nos contó una chica de Idaho, concretamente de la capital del estado, de Boise. Conocía perfectamente el “conflicto vasco”, pues resulta que en un ciudad hay una comunidad vasca y el alcalde es vasco, en el ayuntamiento ondea junto con la bandera de la ciudad y las barras y estrellas la ikurriña; acojonante. Nos contó los choques culturales que se producen con los mormones y su concepción austera y sobretodo abstemia de la vida, pero que en todo caso es una comunidad muy colorista y divertida, sobretodo en fiestas, cuando cortan troncos y levantan piedras.
Día 7 (Hatgal-Hatgal)
Esperamos a que aparezca Pitt, al final lo hace y salimos a dar el paseo en bici. Con la tontería del paseo nos hacemos 90Km bajo un sol de pelotas. La pista es pedregosa, pero el paisaje compensa. Llegamos de nuevo hasta el lago, allí encontramos a un grupo de israelitas en tienda de campaña, por libre, irían a colonizar digo yo. Con el revuelo de las bicicletas apareció una familia mongola al completo, con las que compartimos nuestra comida, unos pocos pistachos y anacardos. Como ya era costumbre, la mayor atención fue para los cuenta kilómetros de las bicicletas. Descansamos un rato a la sombra, nos refrescamos, lavamos el polvo en el lago y de vuelta. Nos despedimos de Pitt, él se quedó a cenar en el pueblo, no sabemos qué plan llevaba, si estaba alojado en algún sitio o directamente bajo las estrellas. Llegamos al Garaje 24 pensando en cerveza, ducha y cena. Todo puede ser menos la ducha, no hay agua, se ha roto una tubería que extrae agua del lago. Tenemos polvo hasta en el DNI, unido al pringue producido por el sudo y la crema solar, esperamos una hora y por fin hay agua. Mientras cenamos, yo me pido un plato de pasta y Enrique una pizza. De la pizza nos dejamos unos trozos, y los americanos nos preguntan si se la pueden comer, nos dicen que se les ha acabado la pasta y que están a base de pan con mantequilla, Enrique se ofrece a invitarlos a cenar, pero rechazan. Pasamos la velada con los americanos y una belga que iba sola, la misma chica que nos contó lo de los vascos en Boise nos cuenta también que conoció a Aznar en persona, y lo que le marcó el que le diese la mano cuando fue a visitar su escuela. Nos despedimos de todos y a dormir, que al día siguiente tenemos 100km hasta Moron.

Kike y Pitt
Día 8 (Hatgal-Moron)
Cargados de agua y resignados con lo que nos esperaba partimos temprano. Sólo unos 110km, pero sabiendo cómo se las gasta el Sol por allí y teniendo en cuenta que no había un sólo árbol, sólo podíamos esperar pasarlo mal y sudar a chorros. Así fue. Paramos de vez en cuanto para comer alguna chocolatina y reponer el agua de las bicis. Llegamos de nuevo a Moron con una capa pegajosa formada por sudor, repelente de mosquitos, crema solar y polvo. El asunto lo despachamos en 10 horas; contando la media que nos pasamos cobijados bajo un puente a esperar que pasase una tormenta que nos encontramos en el camino. También nos encontramos con un italiano recién llegado que iba en dirección Hatgal, charlamos un rato y cada uno siguió su camino. Volvimos al hotel Duz, e insistimos de nuevo en el tema de las duchas, por si en esos cuatro días las habían instalado. Que no, que el hotel no tiene duchas, que si queremos duchas al guest house. Al final decidimos quedarnos, con la idea de ducharnos en el guest house. Cuál es nuestra sorpresa, cuando la señora nos lleva a una habitación con ducha. Le pedimos explicaciones: (hija de la gran puta, por qué no lo has dicho antes), pero la cama es de matrimonio, así que le pedimos una con dos camas; sin problemas, nos dio una suite por 40$, el doble que la de 20 sin ducha. Esa noche conocimos en el hotel a una pareja de insulares, de Tenerife concretamente. Venían desde Ulan Bator en bici, llevaban ya dos semanas de viaje; unos auténticos héroes. Cenamos juntos, cambiamos impresiones sobre varios países, España y Mongolia (a cual peor, cada uno por sus cosas), y nos fuimos a dormir.

Montando a la vaca
Día 8 (Moron-Ulan Bator)
El día era fácil, coger el avión y volver a la capital. Ya empezaba a tener nauseas y no me sentía nada bien. Envolvimos las bicicletas con el plástico azul de rafia y unas cuantas vueltas de cinta de embalaje. Nos hicieron pagar 20 euros por exceso de peso, nos pesaron hasta el equipaje de mano. El sandwich del avión me daba arcadas; con las tripas revueltas llegamos a Ulan Bator. De nuevo la pesadilla de los taxistas eventuales, da igual que les digas ochenta veces que no quieres un taxi, y que las treinta últimas veces lo digas encima con cara de mala hostia, lo siguen intentando. Pensábamos, ya fracasados, adelantar la vuelta a España, aprovechando como excusa que la vida se me estaba yendo por el culo. La diarrea ya era considerable, acompañada por fiebre y nauseas. Montamos las bicis y pedaleamos los 20km que hay hasta la ciudad, en busca de la oficina de Aeroflot para hacer el cambio. Nos costó encontrarla, pero ya estaba cerrada, en todo caso nos hicieron un a reserva para ir a cambiar el billete al día siguiente. Nos tuvimos que volver en primera, pagando 300 euros mas, en turista no había nada. Dudamos un rato qué hacer, pero qué eran 300 euros al lado de la pasta que habíamos palmado ya en esta mierda de viaje. Mis condiciones físicas precipitaron la decisión, y tras aliviarme nuevamente en los aseos de la oficina, hicimos la reserva. Para el día siguiente no era posible, pero sí para el próximo. Volvimos al hotel Marco Polo, al llegar me acosté y sólo me levante para darme una ducha, pasé toda la noche con fiebre. Los dos estábamos hartos de Ulan Bator.
Día 9 (Moron-Ulan Bator)
Me desperté mucho mejor, la fiebre y las nauseas habían desaparecido, pero no la diarrea, que se tornó más salvaje. El día nos lo pasamos bebiendo líquidos, me tome una sopa por aquello comer algo ligero; en un restaurante francés de la capital, donde no tenían casi nada de lo que venía en la carta. Gastamos el día paseando por la ciudad (por la calle de la ciudad), visitamos centros comerciales y fuimos a retirar el billete del día siguiente. A las seis de la tarde nos fuimos al hotel y a descansar. Buscamos un taxi ir al aeropuerto al día siguiente, teníamos que salir a las cuatro y media de la mañana.
Día 10 (Ulan Bator-Madrid)
Como habíamos hablado el taxi estaba a su hora en la puerta. Lo de taxi es una forma de hablar, era el marido de una de las camareras del hotel, que por 6 euros se ofreció a hacer el servicio. Hicimos bien en coger el taxi, yo pensaba salvar el honor yendo en la bici desde el hotel al aeropuerto, pero llovía a mares y las farolas escaseaban, todas las papeletas para darnos una leche, o que nos la diese un coche. Desmontamos las bicicletas, las envolvimos, facturamos y salimos camino de Moscú, donde pasaríamos 6 horas, eso sí, en la sala vip del aeropuerto. Allí conocimos a varios italianos, uno que iban en bici y otros que fueron a Mongolia de caza. Yo lamenté no tener salud para poder abusar de la barra libre de cerveza y aperitivos; una sí me tomé. Seis horas después cogimos el avión de vuelta, cinco horas más tarde llegamos a Barajas, 35 euros de taxi y de nuevo estábamos en Madrid.







