Islandia
Posted: 13/08/2006
Puedes ir en avión, y tienes dos opciones: la cara y la barata. La cara es Iceland Air, desde Madrid, te cuesta unos 600 euros, pero te dan de comer; la otra es la barata, desde Alicante, sale a las doce de la noche, no te dan ni un vaso de agua aunque digas que no tienes dinero y cuesta la mitad. Con esta última nos fuimos: http://www.icelandexpress.com.

Facturando en Alicante, una hora de retraso.
Las bicis las embalamos nosotros con cartones, film transparente y cinta aislante, laborioso pero barato y fácil de transportar, luego nos enteramos, a la vuelta, de que puedes meter las bicis tal cual, sin caja, ni bolsa, ni nada. Hay que pagar un suplemento por la bici, pero sólo lo pagamos en la ida desde España, unos 20 euros.
Dia 1-Madrid-Reykjavik-Akureyri
Aparecimos, después de un viaje de perros por la incomodidad de la aeronave, cuatro horas después en Keflavik. Llegamos y no nos pidieron nada, ni pasaportes ni dni, las garitas vacías y las puertas abiertas; pensarían ¿quién va a querer venir aquí?. En la puerta hay autobuses continuos que te llevan a la estación de autobuses de Reykjavik en poco mas de 40 minutos, las bicis se pueden cargar sin problemas; eran las cinco de la mañana y estaba de día. Una vez en la estación hubo que volver al aeropuerto, pues Jose se dejó el saco de dormir y el aislante en la cinta de equipajes, sin problemas, todo fue preguntar en “equipaje perdido” y salió la chica con el bulto que el Jose se dejó olvidado. De nuevo reagrupados en la estación de autobuses cogimos un autobús hasta Akureyri, en el noreste del país, desde allí bajaríamos por el desierto de Kjolur hasta llegar de nuevo a Reykjavik, todo ello en unos 5 o 6 días.

Akureyri.

Monumento a la ballena desconocida.

Kike y Jose antes de pelearse por la crema solar.
En Akureyri encontramos alojamiento sin problemas en un Youth Hostel, unos 25 euros por cabeza. Es una ciudad de tradición ballenera y bacalaera con casa bajas, parte de ella está construida en las colinas que miran al mar. Descansamos del viaje, comimos comida basura, lo único que hay para comer en Islandia, tomamos cervezas y a dormir. Dia 2-Akureyri-Varmahlio 82Km
Etapa fácil y de transición a lo que luego sería el desastre de nuestra armada, la hicimos por carretera. Amaneció con algo de frío, tomamos unos cafés con leche y algo de bollería variada en un hipermercado a las afueras de la ciudad, el dueño era español, de valencia, casado hace años con una islandesa. No hay nada especial que resaltar, las nubes se fueron y los colores predominantes eran el verde y el azul.


Jose patrocinado por ciclos Larcia
Cometimos un despiste que luego pagamos caro, salimos sin nada de comida, y nada había en todo el camino para comer. Pasamos hambre y algunas veces el motín estuvo a poco de fraguarse, visto desde otro punto de vista, las ansias de comer empujaban nuestras bicis. Al llegar, la hamburguesa grasienta, las patatas fritas y la cocacola con rellenado gratis nos supieron a gloria bendita. Pero lo mejor venía después, descubrimos el agua termal, ya sea en forma de hot pot o de piscina. Había una en lo alto del pueblo, el placer fue extremo, cansados y con el hambre calmada, el baño caliente durante cinco o seis hora nos dejó, amén de arrugados, completamente relajados.

Llevábamos bañador
Nos hicimos la cena en el bed&breakfast, compramos algo de pasta y algo de salsa para acompañarlo, una porquería que yo jamás habría comido en España, pero con las materias primas que había y teniendo en cuenta que estábamos de viaje hasta repetí. Luego a dormir porque al día siguiente nos esperaba el desierto... Dia 3-Varmahlio-Kjolur
Se trataba de llegar hasta Reykjavik atravesando el desierto de Kjolur, donde sólo había glaciares, caballos, piedras y fuentes de aguas termales. La travesía debía durar dos días, haciendo noche en algún punto indeterminado. A los pocos kilómetros de Varmahlio cogemos una carretera a la izquierda después de una gran bajada, esta carretera se convierte en pista, cruzamos un puente y nunca mas volveremos a ver el asfalto. Fue una etaba muy agradable, con alguna subida y algo desalentadora al final porque no había nada para dormir, ya estábamos pensando dónde plantar la tienda de campaña cuando nos encontramos un grupo jinetes comandado por dos amazonas, una alemana y la otra sueca, que no habían visto el agua en semanas, pero esa ya es otra historia. Les preguntamos adónde se dirigían pues era obvio que las veinte personas que iban a caballo no iban a dormir al raso, nos dijo que la accommodation estaba cerca, como a un kilómetro, pero de un kilómetro nada, había algunos mas. No había sitio para dormir, pero había tierra donde plantar la tienda, y duchas, y cena y hot pot, así que a remojo y luego a cenar. Mas tarde compartimos unas cervezas todos juntos en el porche, ahí fue cuando a la amazona jefa le expliqué la diferencia entre veinte centímetros y un kilómetro por habernos dado la información con tanto error de cálculo, la broma fue muy bien acogida por el resto de caballistas pero no por ella.

Qué buena estaba la sopica de champiñones...

Los bundescaballistas y los biciclistas españoles
Dia 4-Kjolur-Kjolur
Una etapa corta, de unos 50km, nos despedimos de la trupe de jinetes, dándonos cita en el siguiente punto habitado del desierto. Los esperaríamos a remojo. Fue todo tranquilo, un paso agradable, vimos ovejas, mas caballos y un 4x4 volcado sobre el arcén. Pasamos por un refugio, que debe haber salvado mas de una vida a tenor de las redacciones que había en el libro de visitas. La mas épica fue la de un tal Mikel que había pasado por allí dos días antes, le cayó encima una tormenta de agua y viento, pero no encontró el refugio, tuvo que guarecerse dentro de unos tubos de metal que había bajo la pista de tierra para temas de drenaje.

Refugio en el desierto
En poco tiempo llegamos a la meta, no recordamos el nombre del lugar, pero es perfectamente visible, las fumarolas se divisan a leguas. Preguntamos si tenían sitio en el barracón, por no montar la tienda, pero nada, los jinetes lo tenían todo pillado, así que a montar la tienda y a pasar lo que quedaba del día en el agua caliente, por allí vimos pasar a gente de todo tipo, holandeses modernos que te enseñaban el culo, un matrimonio francés de marido dominante y pelo empecho, mas alemanes y por fin los jinetes de nuevo. El agua estaba quemando, ideal para escaldar tomates; teníamos que salir cada media hora a ventilar la piel.

Dos enfermeras alemanas que se
enamoraron de nosotros.

A remojo una vez mas

Y seguimos
Al día siguiente nos despedimos definitivamente de los jinetes. Habían un viento helado que nos cortaba la cara, nos tapamos con las gasas que usábamos como toallas, comenzamos a rodar, por decir algo, sobre el pedregal que discurría en el desierto a modo de carretera. Yo pequé de listo e inexperto y seguía con las ruedas a tope de presión, por eso de ir mas cómodo, y lo pagué en radios, primero se partió uno, luego otro y otro, así hasta cinco. Pero antes de tener que abandonar el barco tuvimos otras averías menores, como el pinchazo de Jose. A partir de aquí no hay muchas fotos, ya que sufrimos bastante y no estábamos para tonterías. Teníamos unos 90km, pasábamos entre dos glaciares, de donde soplaba el viento. Las piedras no nos dejaban pasar de unos 10km/h, amén de las paradas para compensar la rotura de radios y tomar alguna galleta. Aquello no acababa, cuestas, bajadas,y piedras y piedras. Sobre las 5 de la tarde la carretera mejoró algo, pero fue breve, una excavadora iba cogiendo tierra del arcén y echándola sobre la carretera, con lo que ahora el problema era otro muy distinto, la rueda se nos clavaba. Yo ya iba sin el freno de atrás, tuve que quitarlo porque la oscilación de la rueda trasera, a falta de cinco radios, era considerable. En cosa de media hora vino el desastre. Nos ibamos a unas montañas, algo altas, que había que atravesar, junto a estas montañas se estaban pelando unas nubes, de las cuales caía agua y viento. Mi rueda ya iba rozando con el cuadro de la bici, completamente fuera de si. Pero aún con lluvia, viento y una rueda destartalada había todavía esperanza, no nos podíamos rendir. Sólo pensábamos en pasar las montañas y escapar de allí a cualquier precio, no obstante, Enrique, en un momento de flaqueza moral, sugirió la rendición; parar unos coches y echar las bicicletas. Le grité que en absoluto, no hemos venido a Islandia a rendirnos, hostias!!!. Así que seguimos recibiendo agua, el chubasquero de Jose reventó y se lo llevó el viento. Lo peor estaba por llegar. De repente noté que ya no podía pedalear, los pedales no giraban, miré y faltaba parte del cambio; debió haberse aflojado y soltarse en algún momento, la cadena se salió, se enganchó no sé de qué manera con lo que quedaba del cambio y lo arrastró entre los radios, doblando la parte del cuadro donde éste se sujeta. Una avería que nos hacia ir a pique. Aún así, el honor estaba todavía en juego, no se podía pedalear, pero se podía andar, y mientras tenga piernas un español no se rinde. En este momento Enrique volvió a sugerir la idea de parar un coche, me lo pensé dos veces y me pareció bien. Las muestras de valor habían sido numerosas por parte de todos y suficientes para que nuestra honra quedase inmaculada. Pero lo de los coches no es como en Madrid, allí pasaba uno cada dos horas, como el metro a las doce de la noche. Ya era de noche y no tenía por qué pasar nadie. De esta parte no hay muchas fotos, pero sí recuerdos y frases que pasarán a la historia. En medio de la desesperación vemos a aparecer las luces de un coche a lo lejos, está es la nuestra. Levantamos las manos y el hombre paró, era un 4x4 pero sólo daba para una bicicleta; así que yo, con todo el dolor de mi corazón por abandonar a mis hombre en semejantes circunstancias, tuve que subir. Quedé en esperarlos en la civilización, unos 25 kilómetros mas allá. El viaje fue muy reconfortante, con calefacción y el conductor demostrándome el poderío del vehículo. Como a un cuarto de hora del lugar de salida empecé a ver el infierno que le esperaba a mis amigos; por supuesto agua, pero también una subida zigzagueante nada fácil de acometer cargados de peso y en esas condiciones, se lo comenté al conductor y me dio la razón. Por fin llegamos a Gulfoss, un sitio turístico donde se supone que había alojamiento, se supone. Sólo había una cafetería y una tienda de recuerdos: "mi amigo fue a Islandia y se acordó de mi", "las chicas buenas van al cielo y las malas a Islandia" rezaban las camisetas para turistas.

Detalle de la avería.
Yo me cambio de ropa, me quito lo mojado y repaso los desperfectos, contaba con esperar varias horas dadas las condiciones que había, pero no pasó ni media hora cuando aparecieron mis amigos. Unos suizos, que esta vez no fueron neutrales, traían lo que quedaba de mis compañeros. En un remolque las bicicletas y dentro del coche, junto con cinco personas mas iban ellos. Luego me contaron que iban en dirección contraria, pero tras la insistencia de Jose, que les espetó con la ya célebre frase de "We are in very bad conditions" dieron la vuelta, dejando parte de la carga abandonada en el arcén para luego regresar. Tal era nuestra gratitud y emoción que lo primero que les dije fue: "God bless you", cosas del directo, ya que nadie de los presentes creía en Dios, aunque sí lo nombramos varias veces. Los tres ya reagrupados, y algo mas contentos nos tomamos una sopa a 8 euros la taza en la cafetería. Pero teníamos encima un disgusto añadido, en mitad del rescate, no sabemos cual, Enrique perdió uno de sus bultos, el que contenía su saco de dormir y los anclajes de la tienda de campaña: si no había plaza en el hotel la habíamos cagado con todo el equipo, y no la había. Llegamos al hotel y nada, lleno como el carrefour un sábado por la tarde, también es verdad que era muy pequeño, suplicamos por un garaje o algo, pero nada. El hombre nos dejó acampar fuera, pero con qué hostias íbamos a acampar si no teníamos clavos para la tienda y hacía un viendo de mil demonios. Por allí había losas provenientes de una pequeña obra, algunas maderas y nada mas. Yo tenía cuerda, ya que siempre vale para algo, y valió. Con ella atamos la tienda a varias losas, una en cada sitio donde debía ir un clavo. Rezamos porque no lloviese, ya que si no iba a ser la puntilla, pues estábamos húmedos y destemplados. A Enrique le dejamos la ropa seca que teníamos para que se tapase, ya que no tenía saco. Así pasamos unas ocho horas, las 4 primeras sin dormir por culpa de los ronquidos del que no tenía saco. No llovió y a la mañana siguiente un sol radiante nos despertó y secó toda la ropa mojada en cuestión de media hora, eso nos dio ánimos. Fuimos a la cafetería a saciar el hambre, visitamos las cataratas y cogimos un tren a Reykjavik.

Que noche nos dio Enrique...

Dos golfos en Gulfoss
Pasamos por Jeiser, un chorro de agua para turistas sin mayor interés. Por la tarde llegamos la ciudad, corriendo cogimos un taxi y le pedimos al conductor que nos llevase a la tienda de bicicletas mas cercana posible para comprar repuestos y luego a una tienda de material de montaña para comprar clavos para la tienda. Es interesante el inglés que se aprende con términos que uno nunca usa en los viajes como: radio, cambio, cadena, etc. Era un viernes por la tarde, no podía dejar la bici en el taller, ya que hasta el lunes no había nada que hacer, y el domingo volvíamos a España. La solución era comprar los repuestos y arreglarla nosotros. Dicho y hecho, costo algo, pero lo logramos; en pocos días de mi vida recuerdo haber sentido tanta satisfacción y prepotencia. Enrique fue por los clavos y un saco nuevo, buscamos el camping y a dormir.

Todo tiene arreglo en esta vida...
A la mañana siguiente visita a la ciudad, compras y a hacer el turista.

Reykjavik desde la torre de la iglesia.
Nuevamente en la bici al día siguiente, ese día tocaba ir a Keflavik, una ciudad próxima al aeropuerto y a la Laguna Azul, donde nos esperaba otro largo baño con aguas termales. Lo volvimos a pasar mal, pinchazo de la bici de Jose y agua a mares, nos calamos enteros, lo mojamos todo, pero también lo pudimos secar en el bed&breakfast. Por la tarde nos dimos un baño y unos barros en la Bláa Lónið o Laguna Azul, un balneario de aguas calientes y sulfurosas. Muy relajante, nos cobraron tres euros por las toallas, no sabíamos si era alquiler o venta, así que nos las trajimos.

También llevábamos bañador.
Acabado el baño y vuelta al b&b, luego a cenar a un sitio de lo mas selecto o de lo único que había, una domino pizza. Al día siguiente vuelta a casa.

Dejamos los 15 grados de Islandia para aterrizar con 40 en Alicante







