Estonia y Finlandia
Posted: 17/08/2005
Inquietudes El viaje comienza en el aeropuerto de Madrid a finales del mes de julio. Con el miedo al overbooking y la incertidumbre de si los empleados de Czech Airlines nos dejaran subir las bicicletas en el avión. Albergamos la esperanza de que el personal de tierra sea español, porque tal y como las pensábamos envolver, cualquier checo de mente cuadriculada nos habría dicho que cada uno a su casa.
Tal como nos explicaron muy simpáticamente (eran españoles) por teléfono los empleados de la compañía bastaba con dar la vuelta a los pedales, quitar las ruedas, bajar el sillín y hacer con todo ello un bulto, liándolo con algo de plástico para no manchar el resto del equipaje. Así lo hicimos en la cola de facturación, llevábamos un poco de plástico muy fino, con el único objeto de proteger el resto del equipaje de la grasa de la bici; pero el tema no nos convencía, pues nuestras bicis parecían bastante frágiles. Así que por 10€ cada bici nos las liaron con el plástico con que protegen las maletas en los aeropuertos. Quedó un paquete perfecto, pues el hombre que nos las lió lo hizo a conciencia dando infinitas vueltas en la máquina, quedaron perfectas. A la hora de facturar ningún problema, llevaron unos cuantos golpes en la carga y descarga del avión, pero llegaron bien a Tallinn.

Tras una espera desesperante en Praga, debido a los retrasos, embarcamos rumbo Tallinn, allí conocimos a dos chicas (mas bien fue Kike quien las conoció) rusas, las cuales nos dieron completa información del país y consejos como no competir bebiendo con los estonios, más aún si eran de origen ruso.
Empezamos a rodar Llegamos tarde al aeropuerto de Tallinn, contando con la hora mas que hay en Estonia, nos dieron las doce de la noche hora local. Hay un hotel a tiro de piedra del aeropuerto: Hotel Ulemiste, muy cómodo,completamente nuevo, habitación doble por 66€ haciendo la reserva por internet, desayuno a la estonia incluido.
Al día siguiente nos levantamos temprano, sobre las 8, para a las 9 estar en marcha. La idea era llegar sólo hasta Hapsalu, pero como nos vimos con fuerza a mitad del día decidimos alterar el viaje sobre la marcha, cambiamos rumbo e hicimos hasta Virtsu, para coger el ferry y cruzar a la isla de Muhu. Hay ferrys cada hora, hasta las once de la noche, cuesta unos 3€ por persona incluida la bici. Una vez en la isla, sobre las siete de la tarde llegamos a Hellamaa, a un bed and breakfast donde también se podía montar a caballo, por menos de 18€ por persona tienes cama y desayuno a la estonia; la sauna está incluida, pero tienes que dar con algún finlandés que te la encienda. Es un sitio encantador, muy cómodo, la gente muy amable, la vida allí pasa muy despacio. Era una casa regentada por un señor barbudo y sus hijas. Para llegar hay que dirigirse a Hellamaa, y veremos un cartel con una silueta de un caballo tirando de una calesa, el sitio se llama Tihuse hobuturismitalu
Probamos la sauna, la encendió un finlandés con el que hicimos amistad, sudamos la gota gorda. Para los no iniciados: hay que darse una ducha, meterse en pelotas, estar un rato, salir, darse otra ducha,tomarse una cerveza y volver a entrar, el que echa el agua sobre las piedras es el último en salir. No, no es mixta :)


El siguiente día era, en comparación con el anterior bastante más tranquilo, teníamos por delante 89km desde Hellamaa hasta Kuressaare, capital de la isla de Saaremaa. Las islas son igual de planas que el resto del país, por lo que no tuvimos problemas con las subidas. No así con el viento, el cual nos hostigó durante todo el día, comenzó a soplar fuerte en el puente que une la isla de Muhu con Saaremaa, lo que unido a la factura que nos pasaron los 150km. del día anterior hizo la etapa bastante dolorosa. A la llegada a Kuressaare, antes de entrar en el pueblo a la izquierda, hay un pequeño cementerio de soldados caídos en la Segunda Guerra Mundial, el cuál merece la pena visitar, al igual que el castillo, lo encontraremos pasando el centro de la ciudad y bajando en dirección al mar.


Kuressaare es una ciudad muy turística, por lo que los establecimientos hoteleros no escasean, no en vano nos fue difícil encontrar sitio, pues todos los bed & breakfas de la ciudad estaban completos. Al final de la tarde conseguimos encontrar sitio en uno, en una calle llama Toule Tee, que discurre paralela a la playa, a la parte izquierda del castillo. En esta calle podemos encontrar varios bed & breakfast juntos. Los precios eran algo mas caros que los de Hellamaa, pero no mucho.
Una vez visitado Kuressaare no había mas remedio que deshacer el camino hecho y volver sobre nuestros pasos, pero esta vez con viento en popa todo el camino; así, los 89km de vuelta se hicieron muy llevaderos y nos permitieron llegar de nuevo al bed & breakfast de Hellamaa sobre las cinco de la tarde. Tuvimos ocasión, por muy poco dinero, de disfrutar de una cena reconfortante, y al mismo tiempo conocer a una familia finlandesa que pasaba allí unos días para montar a caballo. También sobró tiempo para centrar una de las ruedas de la bicicleta, pues perdimos dos radios al partirse por el exceso de peso.
Al día siguiente teníamos otra etapa reina, llegar hasta la ciudad costera de Parnu, ya en el continente. El problema es que teníamos un barco a las nueve de la mañana y luego ya otro a las once, pero el embarcadero de Kuivastu estaba a unos 10km de Hellamaa, tuvimos que madrugar y saltarnos el desayuno, en media hora tocamos tierra en Virtsu, a partir de ahí encontramos una ruta muy cómoda y poco frecuentada por coches y camiones, en la foto podemos ver una carretera gigante con arcenes donde caben perfectamente dos trailers.

En poco mas de 80km llegamos a Parnu; ciudad costera con ambiente de playa y turístico, pero muy poco, nada que ver con Torrevieja, Benidorm, La Manga ni otros despropósitos urbanísticos del Mediterráneo. Como siempre la prioridad era asegurarse el colchón y la ducha, así que sin perder tiempo nos dirigimos al centro de la ciudad; debemos continuar por la calle principal por la que entramos, cruzar un puente sobre el río, andar unos 100 metros y girar a la izquierda, a unos 50 metros veremos la oficina de turismo (está indicado perfectamente). En estos países las oficinas de turismo e información están para algo mas que dar folletos y ofertar paseos en quad; vamos, que son europeos; y eso se nota: tienen información en tiempo real de las plazas libres en los bread and breakfast de la ciudad. Sobre seguro pues nos dirigimos a donde nos indicaron, encontramos un sitio muy acogedor, y hasta había una mujer que hablaba español. Como siempre todo fueron facilidades y sonrisas. Tras comer, dimos un paso para bajar los filetes con guarnición y los dos hectolitros de cerveza que nos tomamos para reponernos del desgaste. Merece la pena visitar la playa e ir caminando hacia la desembocadura del río que da nombre a la ciudad.

Allí hay un gran espigón que adentra unos 200 metros en el mar por el que se puede pasear. Después de cenar decidimos darnos un homenaje, tomándonos unos gintonics. Lo bueno es todos los bares estaban orientados a lo que quisieras, igual daba que cenases a las once de la noche como si sólo querías beber; pero no todo iba ser perfecto en este estupendo país, no sólo son de los peores países preparando café sino también gintonics, en fin, todo es cuestión de acostumbrarse. Al día siguiente teníamos 90km hasta Viljandi, nos esperaba el festival de música folk. Teníamos claro por donde ir, el mapa de carreteras era bastante completo, pero el caso es que nos medio perdimos para salir de Parnu, encontramos a un alemán que también recorría el país en bici y le preguntamos; el problema es que por el mismo precio no sólo nos aconsejó cómo salir de Parnu sino cómo llegar también a Viljandi utilizando para ello un mapa que había elaborado una asociación cicloturista muy reputada. La cosa prometía, era una ruta a Viljandi hecha por ciclistas, sin coches, etc... Y eso es verdad, coches no había, porque ni en tractor se podía transitar por aquella carretera. Los primeros 30 km fueron por asfalto pero se ve que se les acabó y lo dejaron tal cual, otros 40km. No había opción o pasábamos por un camino de cabras polvoriento y lleno de baches o había que recular otros 30km.; por otro lado tampoco sabíamos la longitud exacta del calvario. Esta novedad retrasó bastante la marcha, a la vez que nos empastó todas las partes lubricadas de la bici e hizo que tragásemos polvo como nunca antes lo habíamos hecho. A todo esto había que añadir las picaduras de los tábanos, durante la mayor parte del tiempo la carretera transcurría por una zona pantanosa y muy húmeda, por lo que nos hacía compañía una colección completa de los insectos naturales de la zona. Pero no hay mal que cien kilómetros dure y al final avistamos asfalto, un cómodo paseo nos llevó hasta la ciudad de Viljandi.


Disfrutamos un montón, Viljandi acogía por esas fechas el festival internacional de música folk; donde acabamos bailando hasta la madrugada, se nos quitaron todos los dolores. Pero lo mejor no fue eso. Como antes hemos contado, en las oficinas de turismo te indican los bed and breakfast donde hay camas libres, nos mandaron a un sitio plano en mano donde previamente habían llamado y avisado de que dos españoles iban de camino. Seguimos el plano montados en la bici y comenzamos a salir de la ciudad, las casas van cambiando, dejamos de ver edificios mas o menos con encanto para empezar a ver bloques soviéticos sin ninguna concesión al arte o lo superfluo. En efecto, nuestro bed and breakfast estaba dentro de un bloque soviético, toda una experiencia. Llegamos al portal y una niña rubia se asoma por la venta de la primera planta, nos mira como asintiendo que es aquí: no busquéis mas que habéis llegado. Habíamos ido a parar a la casa particular de una familia estonia, en rigor no dejaba de ser un bed and breakfast. Nos chocó bastante y nos sentimos violentos, pero ya que la cosa estaba clara y allí no se engañaba a nadie decidimos tirar para adelante y meternos donde nos dijeron. También habría quedado muy feo dar media vuelta al ver el asunto, se llevarían una impresión muy mala de los españoles; nuestra responsabilidad era importante. No hubo que arrepentirse, nos sentimos como en casa, o casi. No había ninguna lengua conocida por ambas partes excepto la buena intención, una sonrisa y dos o tres gestos, no hizo falta más, ellos hablaban estonio y nosotros español, cuando la cosa se ponía tensa nos reíamos y punto. Las comodidades no fuero muchas pero no nos faltó de nada, si tenemos en cuenta que ellos estarían más incómodos que nosotros, pues le quitamos la habitación a los tres críos que aún vivían en la casa. Acordamos, mas o menos en inglés, que al día siguiente tomaríamos desayuno, algo no debió quedar claro porque cuando nos levantamos (era sábado y ellos madrugaron) nos encontramos una mesa repleta absolutamente de todo: salchichas, pasta, pan, mermelada, fruta, café, leche, yogur, dulces, embutidos, queso, etc. Nos vimos en un apuro, había que comerse todo aquello para no hacerles un feo, mas o menos picamos de todo y no paramos de repetir con interjecciones lo bueno que estaba todo, que lo estaba. Llegaba la hora de salir de camino otra vez, hicimos el pago. Había que decir adiós, como en inglés no nos entendían, la cosa pasaba por dar un fuerte apretón de manos al mismo tiempo que repetíamos "tere", que viene a ser gracias en estonio. El caso es que le estreché la mano al patriarca, y sin soltármela me mete de nuevo en la casa, sacan la cámara digital y empezaron las andanadas de flashes, a lo que tuvimos que responder con un fuego sostenido de igual intensidad, nos echamos fotos unos a los otros, nos enseñaron el álbum familiar al completo, con nietos de hijos que ya no vivían con ellos, las últimas y las penúltimas vacaciones; era como si una necesidad de expresarse contenida desde hacía dos días estallase súbitamente. Intercambiamos los emails y nos despidieron desde el portal de la casa. Salimos camino de Helsinki.

Nuestra familia estonia.
Para poder estar ese mismo día en Helsinki obviamente tuvimos que hacer trampa y montar las bicis en un autobús camino de Tallinn; no hubo problema, son gente de ley: ¿si las bicis entran en el portaequipajes del autobús por qué iban a impedir que las montásemos? Cupieron, así que las montamos. En un par de horas estábamos en Tallinn, teníamos 40 minutos para llegar al puerto y embarcar en el ferry camino de la capital de Finlandia. Llegamos muy justos y Kike casi se come una barrera en el control de pasaportes, con la lengua fuera pero cumplimos. Montados en el ferry y sentados en asientos de la business class, porque no había libres en turista, hicimos el viaje. No costó caro, unos 60 euros por persona, ida y vuelta con las bicicletas, pero en fin, estábamos de vacaciones.
Llegamos tarde y no había posibilidad de oficina de turismo, pero tampoco pasaba nada, nada mas desembarcar te encuentras con un mapa de la ciudad donde los alojamientos están perfectamente indicados, preguntamos en dos y nada de nada, todo lleno, pero en el segundo se tomaron la molestia de hacer un par de llamadas y encontrarnos sitio en la Domus Academica, un youth hostel estupendo pero algo caro, unos 80 euros al día por una habitación doble en agosto, durante el mes de julio salia por unos 45. La ciudad no vamos a contar como es, sólo por respirar el civismo que se estila merece la pena visitarla. No hay que poner candados en la bicicletas ni ir pendiente de la cartera. Para muestra un botón. Encontramos un servicio prestado por el ayuntamiento que en España es impensable, en España y cualquier país de igual latitud. Estamos hablando de las CityBikes. En varias zonas de la ciudad podías encontrar puntos donde coger una bici, igual que los carros del pryca, o del carrefour como se llama ahora, metías una moneda de dos euros, y cuando te cansabas de la bici volvías a dejarla en otro punto recuperando tus dos euros. Lo dicho, la idea es impensable en España, pues la gente percibiría que con los dos euros estaba comprando la bici y se las llevarían a su casa. Es una envidia ver ese comportamiento, ya no sólo por las CityBikes sino aplicado a otras áreas: mercado laboral, negocios, etc.

Las CityBikes para CivicBikers.
En el desayuno de la Academica, el cual se ofrecía en la escuela culinaria Perho, Kike comenzó a hablar, en un descuido mío, con una chica que se sentaba cerca. Estaba en Helsinki buscándose a si misma, por la noche nos llevo a ver Helsinki la nuit, visitamos los pubs heavies mas legendarios de Laponia.
Tras dos noches en la ciudad tocaba volver a Estonia, dejábamos un país muy parecido al anterior, con costumbres similares y gente igual de amable y acogedora. El frío no agria el carácter: damos fe. De nuevo ferry de vuelta, nos faltaba visitar Tallinn, que hasta ahora sólo pasamos por el de paso, valga la expresión. Hasta ahora todo ha sido hablar bien de todas y cada uno de los sitios por los que habíamos pasado, no era euforia, era realidad. Siguiendo con la realidad ahora toca hablar mal. A quien le guste el turismo de viaje organizado para visitar "Praga Mágica" o "Tallinn Sorprendente" sin duda esta es su ciudad, como lo era para las hordas de españoles que poblaban las tiendas de recuerdos y restaurantes. Estábamos en una ciudad artificial, decorada para el turismo hortera y fácil. Los bares imitaban burdamente tabernas medievales donde los camareros iban disfrazados de campesinos serviles y ellas de cantineras complacientes; velas, platos de madera y cartas de precios impresas en pergaminos ayudaban al turista a introducirse en el mas puro feudalismo, nos faltó ver las ratas y los enfermos de peste bubónica, pero se ve que ese día no actuaban. La escena se repetía exactamente en cada restaurante, la cosa tenía éxito, no había una mesa libre. Pasamos de hacer fotos al asunto que no nos motivó en absoluto. Mas tarde quedamos con la chica que conocimos (conoció Kike) en el avión Praha-Tallinn, nos enseñó un par de sitios donde los turistas no entran, vimos una imagen más agradable de la ciudad; y hasta el mar por la noche.
Al día siguiente salía nuestro avión de vuelta a casa, por primera vez no tenía ganas de volver.







