19.4.17

Sigo creyendo en el paraíso o cómo me emocionó la película de "La Playa".

Tengo sentimientos encontrados. En el 2000 se estrenaba una película llamada La Playa, de la que siempre vi anuncios y el trailer, en ese momento de mi vida yo tenía 14 años y mi espíritu aventurero no se parecía a lo que hoy es. 

Hace cinco años por culpa de una fotografía busqué información para llegar a una isla, la forma de llegar ahora es sencilla, pero en ese momento era un poco incierta. Para mí, Holbox era el paraíso. Lo compartí con quien en ese momento era mi pareja, que a pesar de todo, me siguió en mis aventuras. Después viajé con amigos y con él ahora como amigo. El paraíso fue distinto a la primera vez. Años más tarde, decidí ir sola. Si cuento todo lo que sucedió en ese nuevo reencuentro es probable que no lo crean, que lo imaginen distinto. El paraíso se hizo famoso, pero una parte de él se aferra a seguir latiendo, a la libertad que tuvo. Ojalá encuentre el equilibrio. Ojalá podamos dárselo. Me encantaría que así fuera, que lleguen y se vayan con la sensación de que algo por dentro cambió. 

La película quise verla muchas veces, pero nunca, en 17 años, había dado "play". Una vez encontré un video corto y vi cinco minutos que no entendí, no quise verla más. ¿Por qué todos hablaban de ella? ¿Por qué es la primera en la lista de películas de mochileros? ¿Por qué tanto alboroto por conocer esa parte de Tailandia? ¿Por qué inspira? ¿Por qué no la había visto antes? Y acá es cuando encuentro una respuesta, de las más trilladas por supuesto, pero al fin una respuesta: no era momento. 

El espíritu aventurero que hoy se ha afianzado en mí es un poco distinto al que se ve en las películas, al que se cree que todos los mochileros y viajeros tienen. Tal vez soy demasiado ingenua al pensar eso, pero a diferencia de muchos, yo no quiero huir, yo no quiero sólo conocer, yo no quiero sólo aprender sobre costumbres distintas a las mías, claro que es emocionante y me gusta y ha sucedido, pero no sólo es eso. No es sólo encontrar la satisfacción de libertad, el placer de mirar lo nuevo, no es sólo perderse en lugares desconocidos. Mi espíritu aventurero no se queda en sólo unas frases, en una película, en un libro, en un salto o en un viaje. Es permanente. No se puede explicar en unas cuantas líneas, me parece que ni siquiera hay palabras. Yo no quiero estar todo el tiempo viajando, suena demasiado bien, pero también me gustan los días en un lugar conocido, con mi gato y mis libretas y fotos. Yo no quiero vivir en una van y recorrer el mundo sin parar. Lo mío es más lento, aunque tenga ansiedad y me encuentre llena de nostalgia por viajes anteriores, saberme tan mortal me ha hecho este ser intenso. No, yo no quiero vivir de fiesta eterna, no, tampoco soy buena socializando. La intensidad en mi vida no va por ese camino. Sólo disfruto y me frustro y lloro y río y extraño y amo. Todo.

Hoy vi la película. Hoy entendí lo que he sentido por tanto tiempo. Yo no he viajado como quisiera, no conozco todo mi país y a penas he conocido dos ciudades fuera de él, pero eso no me importa, creo que esta sensación no se trata de una carrera de números, de países visitados, de cuánto se ha sufrido, de cuántas fotografías se tienen, de cuánto se ha visto o cuánto se ha caminado, sino de lo que se ha aprendido. 

Sí, el último viaje al paraíso fue una explosión de sensaciones, una fiesta que se prolongaba sin música y sin baile, fue la tranquilidad que rodeaba cada paso que daba en la arena. Podría contar cada día vivido, pero no bastará para que se comprenda o se crea. Desde andar en bicicleta hasta hacer el amor en la playa; mirar estrellas fugaces en cada caminata, nadar con mantarrayas alrededor, bailar ritmos del caribe hasta que los pies se inflamen, dormir con animales, mecerse en hamacas ajenas, hablar idiomas desconocidos, bañarse en compañía, leer con el sonido de las olas, odiar los zapatos, encontrar amigos para toda la vida y perder amigos de toda la vida; ver atardeceres increíbles cada día y el mar iluminado por esas bacterias y por la luna llena, sentirse libre con diez minutos sin ropa sobre la arena y mucho más. ¿Qué importa? ¿Qué sigue? ¿Por qué es el paraíso? Me preguntan una y otra vez. Y sin saberlo, alguien ya lo respondió hace muchos años y lo plasmó en un libro que se hizo película:

"En cuanto a mí, sigo creyendo en el paraíso. Sin embargo ahora sé que no se trata de ningún lugar concreto. Lo importante no es a dónde vas, sino cómo te sientes en el momento en que llegas a formar parte de algo. Y si encuentras ese momento, es para siempre."



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