11.2.16

Rosario, Argentina

¿Cuántas veces hemos postergado nuestra felicidad? ¿Cuántas veces hemos postergado esos pequeños detalles que indudablemente cambiarán nuestras vidas? Me ha sucedido infinidad de veces y no creo tener la receta para contrarrestarlo, sólo una lógica respuesta: si lo quieres, hazlo, tómalo, vete.


Un impulso así me llevó a conocer esta ciudad. Es famosa porque ahí nacieron Ernesto Che Guevara, Fontanarrosa, Fito Páez y Lionel Messi. Sin embargo, antes de llegar, las personas a mi alrededor estaban asustadas, porque decidí ir en un momento especialmente "crítico" para Rosario. Grupos de poder, drogas, revueltas y crímenes se anunciaban sin parar en periódicos en toda la Argentina. Desconocía todo, pero siempre pensé que no todo puede ser tan malo como lo pintan. 

Llegué por carretera. De la terminal Retiro en Buenos Aires hasta la terminal Mariano Moreno en Rosario. Fueron 5 horas aproximadamente de viaje por la madrugada. Dormí muy poco y por la ventana de un ómnibus en el segundo piso, pude ver una de las tormentas eléctricas más impresionantes. La Terminal me encantó, pero confieso que me espanté un poco al salir. Llegamos poco antes de las 5am, con maletas y mochila, esperamos el colectivo. De pronto, se acercaron tres chicos, hablaban realmente fuerte y vi que Flavio (quien vive en Rosario y fue mi compañero de viaje) tomó una postura distinta. Escuché que preguntaron por minas en patines y faso. Se fueron de inmediato, pero por un momento pensé que nos quitarían todo el equipaje. Minas en patines son prostitutas y faso es marihuana. Curiosa bienvenida la de Rosario. 


Llegué a dormir un poco y por la tarde fuimos al centro de la ciudad. No llevé la cámara, ni el celular. Flavio me dijo que iríamos por su bicicleta, porque la estaban reparando, así que pensé que volveríamos a su casa, pero no, no fue así. Y en un par de minutos, recorriendo por primera vez la ciudad en bici, conocí el Río Paraná. En ese momento me enamoré de Rosario. Me estaba regalando un atardecer rosado con un arcoiris impresionante. Odié no llevar cámara, pero me calmé y disfruté el instante. Parecía que me conocía perfectamente y que quería quitarme la mala impresión de la madrugada. Podría vivir un tiempo aquí, pensé.

Durante toda la semana recorrimos la ciudad en bicicleta; visité parques, plazas, ferias, corrí bajo la lluvia de noche, comí carlito, grité afuera del estadio de fútbol y aún así, no terminé de conocerla. Parece pequeña, pero para mi obsesión por los museos y edificios, no bastan 7 días. Creo que todas las tardes terminaban en el mismo sitio, fue mi favorito. Nombré una de mis fotografías con lo siguiente: Para mí, ésto es Rosario. 


Tanta libertad y seguridad no sentí en toda mi vida, no sé si fue la mezcla de la emoción del viaje, de saberme muy lejos de casa, de tachar una ciudad en mi lista o si era el destino dándome una palmadita en la espalda. No lo sé, pero he amado la sensación. Cada día era algo nuevo y algo cotidiano. ¿Dónde estaba la ciudad peligrosa de la que me hablaron? ¿Dónde estaban esas malas personas? Encontré atardeceres mágicos, frutitos extraños, fideos recién hechos, poco tránsito, gatos ajenos. Me reencontré con el sonido del tren cada mañana, con calles parecidas a las que toda la vida he visto, con personas tan cercanas que se volvieron mi familia. 

No dejé de postergar, mentiría si digo que así lo hice, pero tomé una decisión a partir de ese viaje y fue precisamente eso: hacerlo, tomarlo, irme. Todo por lo que me haga bien, por lo que me haga sentir de nuevo esa libertad y seguridad. Rosario, Argentina fue mi pretexto perfecto. Sé que volveré pronto y que no será lo mismo. Ni ella, ni yo. 













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