18.12.15

Cruzando Cozumel en moto

Qué raro escribir sobre un viaje que hice hace meses y que parece más lejano. Tal vez porque nunca escribí en mis libretas, ni hice anotaciones o algún detalle que me de la certeza exactamente de todo lo que pasó, así que me quedan mis recuerdos y en ellos todo fue una gran aventura.



Estábamos en Playa del Carmen y huyendo de la quinta avenida decidimos buscar dónde desayunar. a penas a una calle, un chico nos interceptó ofreciendo distintos tours, así que entre evadiendo y no, (nos hicimos los difíciles y caminamos por unos minutos) dijo las palabras mágicas "pueden rentar una moto" y con miradas cómplices, aceptamos. Justo habíamos hablado sobre eso, él quería comprar una moto, viajar en moto, vivir en una moto jaja. Ese tipo de situaciones me pasan muy seguido, muchos le llaman coincidencias, destino, magia. Yo no se como llamarlo. 

Lo que el chico nos vendió fue un boleto del ferry para cruzar de Playa a Cozumel y la renta de una moto que recogeríamos al llegar. Sin saber mucho lo que estábamos haciendo, fuimos. Confieso que durante el viaje quedé sorprendida por los colores del mar, nunca había visto el mar tan azul, tan marino, tan turquesa, tan infinito y poderoso. Estaba muy impactada y me importó poco el fuerte viento, la brisa que nos mojaba y el leve movimiento que hacía que caminara raro. Lo disfruté enormidades. 


Al llegar fuimos directamente al lugar donde rentan las motos. Le preguntaron varias veces si sabía manejar y él siempre dijo que si, pero era mentira. No sabía manejar. Yo lo supe después. Prácticamente cuando ya estaba arriba. Con Gmaps como guía y un papel extraño que marcaba una ruta que teníamos que seguir, avanzamos. En la primera esquina se detuvo la moto y ni siquiera sabíamos cómo volver a encenderla, se acercaron a ayudarnos un poco y lo logramos. Como buen copiloto, mi función era la de guiar, avisar sobre los autos que pasaban y gritar con cada camión que veía muy cerca. 

La vida es buena conmigo, así que encontramos la carretera transversal en poco tiempo. Confieso que en un momento tuve miedo de perderme, no sabía si estábamos en la dirección correcta, pero yo le seguía diciendo que fuéramos derecho. La carretera de pronto era sólo de nosotros, y a nuestro alrededor había sólo vegetación y varios ruidos extraños. Nunca nos detuvimos. Pasaron los minutos y con cierta habilidad extraña, comencé a tomar fotos con el celular y un par con la cámara. De pronto, sonaba A lado del camino de Fito Páez, en mis recuerdos esa parte del día parecía una película. Tenía muchos años sin subirme a una moto y me daban pánico, pero confié. 


¡Llegamos! Al fin pudimos ver el mar a lo lejos, la carretera daba un giro a la derecha, pero nosotros nos detuvimos, estábamos hambrientos. Claro que frenar para estacionar la moto fue un desastre y las personas que estaban en ese estacionamiento seguro temieron por su vida o pensaron que estaban presenciando la muerte de dos jóvenes y apuestas personas, una más bella que otra, por supuesto jaja. Estuve a punto de salir disparada, poéticamente hubiera muerto en la última frontera, frente al mar, pero no. Por fortuna sólo quedó en una cara de WTF! y muchas risas.

Sin saberlo, habíamos cruzado Cozumel y llegamos a un lugar famoso, era la última frontera. Ahí hay un bar que se llama Mezcalito´s. Me gustan estos sitios con nombres determinantes, el fin del mundo, el último arco, la última frontera, estos que tienen nombres de finales, pero que en realidad pueden ser un inicio. La dualidad depende de como queramos verla. Tal vez soy muy cursi, pero me gusta imaginar hilos a través de mi vida y que en un momento determinado se van uniendo. Por eso, esta parada es tan importante, aquí es donde tuve una de las pláticas más intensas y reveladoras del año. Mi compañero de viaje tenía tres meses de conocerme y en una hora hizo un resumen de mi vida amorosa desde su punto de vista. Fue extraño conocerme y desconocerme desde otros ojos. 

Durante la plática, tomé una de las fotos que más me han gustado. Él y yo tomamos la fotografía al mismo tiempo y capturamos el mismo instante, aunque con distinto significado. Mi ave tiene sus alas y la mirada hacia arriba, como presagio, como símbolo, como un recordatorio.

¿Qué hice? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo llegué? ¿En qué momento cambió todo? Eran las preguntas que me hice en un minuto, mientras veía el mar y con el pretexto de tomar fotos, me alejé y fui a la orilla. Miraba el insistente infinito. ¿Qué hay del otro lado? ¿Estará otra persona, como yo, viendo el mar y haciéndose preguntas? De pronto, me apagué y sólo sentí y disfruté ese pequeño instante.


La inexperiencia con motos nos hizo creer que teníamos poca gasolina, así que con el tiempo encima, no seguimos la ruta que habíamos planeado y volvimos por el mismo camino. Hicimos una parada en San Gervasio, pero en otro post mostraré las fotos. 

El regreso fue mucho más liviano y aprovechamos para ir a una playa cercana. Creo que fui una buena copiloto, hicimos un gran equipo, a pesar de todo. Mi sentido de la orientación es un gran aliado. Estuvimos poco tiempo en la playa, pero fue bastante refrescante. Poco tiempo antes del atardecer, le dije que fuera más veloz en la moto, sin hacer ninguna parada, porque no quería perderme la puesta del sol. Al dejar la motocicleta y después de un par de gritos míos, corrimos al muelle. Quería ver el atardecer desde el ferry, pero me ganó el sol y mientras estábamos esperando para entrar, ya estaba ahí todo hermoso y dorado. Me acerqué a la orilla para tomar fotos y un señor a mi lado comenzó a platicar conmigo, tenía la misma fascinación que yo por los atardeceres. Cuando encuentras la magia en ellos ¿Quién es capaz de resistirse? Tenía razón, he sido muy afortunada.