18.12.14

Al sur

Todo comenzó al dejar mi maleta en el mostrador, ahí creí que era cierto que me iba, pero faltaban muchas horas para mi destino y yo sólo pensaba que aún algo podía pasar y no llegaría. Tal vez ahora suena bastante ridículo, pero eso sentía todo el tiempo. Que simplemente no iba a suceder.



Me dio tiempo de comer un poco y de poder despedirme. Isa me llevó un libro, una historia sin fin que no abrí en todo el camino. Sucede que no sentía que tenía que abrirlo, que no era su momento.

Iba hecha un caos, llevaba una bolsa con un montón de suéteres, cámaras y cargadores, audífonos enormes y una revista con Mafalda en la portada. Pasé hacia la sala de espera y encendí mi celular. Ahí estaba yo, sola, como la primera vez que viaje en avión hace algunos años. Mientras estaba en la fila para abordar, mi mamá estaba al teléfono. Me daba indicaciones como toda madre preocupada cuando su hija se escapa a otro país, pero también me dijo que no necesitaba de todas esas palabras, porque siempre he sido fuerte y hábil. Me dio la fuerza necesaria para no quebrarme y salir corriendo, para no escribirle y decirle que me detuviera, que no era verdad, que no quería. Al colgar supe que tenía que hacer un pacto conmigo y con mis sentimientos. Así es, estamos solos, dile que si a la aventura. Y volé.


Mi compañero de vuelo era un señor venezolano que se limitó a saludar, ser amable y ver películas. Tan guapo él. Yo opté por la música, no quería que las turbulencias me arruinaran el camino y con mis últimas experiencias mucho menos, porque ahora no tenía una mano que sostener ni a quien ver con cara de pánico en cada ruido terrible. Afortunadamente las canciones me hicieron olvidar todo y tenía muchas ganas de cantar, de tomarle fotos a mis sensaciones... Tren al sur fue la canción más repetida en mi Spotify, sentía que estaba aquí y allá.

Entre nubes y el bello atardecer se fue la primera parte antes de llegar a mi destino. Cuando aterrizó el avión, suspiré, porque lo había logrado como las grandes. Sin lloriqueos. Y con maletita en mano y audífonos al cuello, seguí el camino para hacer la conexión con el siguiente vuelo. Era medianoche en Perú. Personas corriendo, y pidiendo permiso para avanzar, idiomas distintos en cada grupo que encontraba. Amo los aeropuertos y su olor a huidas, encuentros y reencuentros. Después de caminar y seguir como si conociera el lugar de toda la vida pude pasar a buscar mi puerta. Debo decir que el punto de revisión no me causó conflicto como a tantos que vi, parecía que tenían miedo de cruzar, de dejar su bolsa en la bandeja, de siquiera dar un paso corto.




En la puerta que me había tocado estaba prácticamente vacía. Y ahí tuve miedo. Estaba sola en una sala de espera, lejos, muy lejos de mi casa, de alguien que pudiera abrazarme. Sola. De pronto vino lo que me temía, el vuelo, entre tantas personas molestas, estaba demorado y nadie dijo por cuál motivo. Todos nos dispersamos y tuvimos que esperar, mientras yo pensaba en un plan, por si perdía el otro vuelo de conexión y me quedaba perdida en Chile, porque tenía el tiempo medido y no podía permitirme semejantes retrasos. 

Nos llamaron. Una hora después ya estaba en mi asiento, mucho más tranquila y con un poco de cansancio. Así que tomé mi cobijita y miré por la ventana. Un aeropuerto más que se queda. Con las canciones durante todo el trayecto y pensando en dónde estaba en ese momento, en qué parte del mundo y de mi vida. Un vuelo que me regaló un amanecer en las nubes muy bello, porque de pronto había luz de lado izquierdo del avión y de lado derecho estaba oscuro. Parecía que estábamos suspendidos y que nada más importaba, sin tiempo, sin tierra firme, sin buenos y sin malos. 



Al llegar a Chile me sentí mucho más confiada, pasé los controles de revisión muy rápido, busqué lentamente mi sala y ayudé a una señora a encontrar la suya. Las dos ibamos a Argentina, pero hacia distintas provincias. Lo primero que hice fue acomodarme en un sillón, sacar mi cámara y disfrutar del paisaje chileno detrás de esos ventanales. Hubiera querido tumbarlos y salir corriendo. El amanecer era hermoso y el despertar de una ciudad es de lo más interesante. Ya comenzaba a saber un poco más el sentido del viaje, la no explicación a mis impulsos.

Al subir al avión, el último y más chico. Tenía en la mente "son un par de horas, unas canciones más y llegaré". Sucedió la magia desde que despegamos, porque pude grabar todo, porque disfruté y me reí con mis compañeros de asiento que era su primer viaje en avión. Gritaron de emoción. Después vi algo que me hizo pensar, todo ésto ha valido la pena, no me importan las turbulencias, no me importan los tornillos, ni el cansancio, ni mis ojeras, ni el dinero... Detuve la música y de pronto: la cordillera de los andesindescriptible. En cuanto comencé a verlas, me pegué a la ventana, voltee a mi lado derecho y el chico que estaba sentado detrás de mi también volteó a verme, fue mirada cómplice, mirada de empatía, un gesto de -no es un sueño-. Y probablemente para muchas personas ésto sea exagerado, pero me parece que a todos nos llega un momento en el que sabes que tu vida se divide, que termina algo, que nace una etapa y sería muy triste si no son sensibles para saber identificarlo. Les comparto que ése fue uno de mis momentos. Con un montón de personas desconocidas a mi lado, pero con el corazón llenito.



Anunciaban el aterrizaje y nuevamente grabé todo. Comencé a ver el cielo azul, gracias a las tormentas de días anteriores. La primavera argentina me recibía con un calorcito que me cubría. Y ahí estaba ya, lo había hecho. En ese instante supe que si, que pese a todo pronóstico fallido lo había logrado y sola. 

Cuando bajé y caminé por los pasillos del aeropuerto hasta esa larga fila me sentí segura, mucho, es una especie de libertad extraña, porque aun no sellaban mi pasaporte, aun no sabía si había llegado mi maleta, pero yo sentía que ya había ganado y que podía con todo. Era otra Jadis la que había llegado y había hecho pactos. Ya no quería huir, ahora quería correr. Y si, todo esto sucede en una fila de espera en el aeropuerto. 

Sellaron mi pasaporte y corrí por mi maleta, por fortuna no esperé mucho y llegó todo perfecto. Me cambié antes de salir, a penas me vi al espejo, y una hora después de aterrizar ya estaba cruzando la puerta. Caminé un par de pasos y al mirar detrás de una columna Flavio ya estaba caminando hacia mi. Lo miré y caminé con toda tranquilidad, nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida. Estaba sucediendo lo que hace 10 años esperábamos y nos encontramos con sorpresas, con personas que saben que todo sucede a tiempo. Y ese, a pesar de todo, era el nuestro.